Guatemala en primera clase

De los patios coloniales de Antigua a las orillas del lago de Atitlán, un viaje de lujo por el país donde el mundo maya permanece.
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Nancy Esteves

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Villa Bokéh, Guatemala, featured in Hola Latinos issue 126

Por: Nancy Esteves · @nancyesteves.editor

Entre volcanes y aguas sagradas

De los patios coloniales de Antigua a las orillas del lago de Atitlán, un viaje de lujo por el país donde el mundo maya permanece.

Antigua se anuncia antes de aparecer: se sube desde la costa entre cafetales, el valle se abre de golpe y ahí está, una retícula perfecta de calles empedradas, fachadas ocre y añil, cúpulas rotas y tres volcanes montando guardia. Agua, Fuego y Acatenango. El del medio echa humo cada tanto, por si alguien olvida quién manda aquí.

Fundada en 1543 como Santiago de los Caballeros de Guatemala, gobernó 230 años una Capitanía General que iba de Chiapas a Costa Rica, hasta que los terremotos de Santa Marta, en 1773, obligaron a trasladar la capital. Lo que quedó atrás —la antigua— se volvió una ciudad detenida. Hoy, Patrimonio de la Humanidad desde 1979, sus ruinas conviven con galerías, tostadores de café y hoteles que compiten en discreción.

Uno de ellos, Villa Bokéh, ha reunido en pocos años las credenciales que otros persiguen durante décadas: dos Llaves Michelin desde octubre de 2025 —las primeras de Guatemala, junto con Casa Palopó— y, desde abril, el primer hotel guatemalteco admitido en The Leading Hotels of the World.

Son quince suites escondidas en seis acres de jardines y estanques, muchas con el Volcán de Agua enmarcado desde la cama. Que ninguna se parezca a otra tiene explicación: la experta en textiles Violeta Gutiérrez Caxaj curó el mobiliario trabajando únicamente con artistas y artesanos guatemaltecos. No hay televisores y el servicio se adelanta siempre: aquí nadie pregunta dos veces cómo toma usted el café.

En la mesa manda Marcos Sáenz, nacido en Huehuetenango y formado en Mugaritz. Su cocina en Bokéh 3.1 arranca en la milpa y en el huerto del hotel, con tortillas hechas cada mañana; su idea no es hacer un hotel europeo en Guatemala, sino celebrar lo que el país ya es.

Lo mejor, sin embargo, es lo que uno no pidió. Una carta de almohadas para elegir cómo dormir. El ritual llega dos veces al día y sin anunciarse: por la mañana, un jugo de jengibre y un shot de jengibre que despiertan de otra manera; por la noche, infusiones relajantes, parches fríos para los ojos y la aromaterapia que suben a la habitación para bajarle el pulso al día. Eso fue lo que me traje de vuelta a casa. Y el baño: pétalos de rosa y leche tibia, preparado a media tarde. Volví de caminar y ahí estaba, servido, con el vapor todavía subiendo. Palo santo en la mesita de noche, un honesty bar basado en la confianza, picnics en canoa junto al agua y huevos frescos recogidos del gallinero para el desayuno.

Los días se llenan solos: Antigua en 4×4, de La Merced a los mercados de artesanía y los estudios textiles; los pueblos vecinos en cuatrimoto; yoga y spa. Al atardecer entré a la Casa del Alma para una sesión de sound healing entre los jardines y salí de ahí con el ruido del día disuelto. Más tarde, junto al fuego, aparecen los s’mores guatemaltecos hechos con champurradas, las galletas de anís que aquí se mojan en el café.

El segundo acto queda a dos horas, en el altiplano. Atitlán ocupa la caldera de una erupción de hace 79,500 años: 340 metros de profundidad, el más hondo de Centroamérica, con tres volcanes cerrando el horizonte. Su nombre viene del náhuatl —atl, agua; titlan, entre— y Aldous Huxley, que lo comparó con el lago de Como, concluyó que era, sencillamente, demasiado de algo bueno.

En sus orillas viven comunidades kaqchikel y tz’utujil que bautizaron sus pueblos con nombres de apóstoles sin soltar su calendario ni su cosmovisión. En una de ellas, Santa Catarina Palopó, está Casa Palopó: casa privada convertida en hotel de quince habitaciones y una villa, primer miembro guatemalteco de Relais & Châteaux y, desde 2025, con su propia Llave Michelin. Claudia Bosch, que dirige Grupo Alta —dueño también de Villa Bokéh—, la compró en 2010 tras dormir ahí como huésped.

Tampoco aquí se repite ninguna habitación. Las más recientes llevan la firma de Diego Olivero, el mismo diseñador que tradujo los huipiles del pueblo a las fachadas pintadas de la calle: telas de Algodones Maya, lana de Meso Goods, maderas trabajadas a mano, paletas del amarillo al añil. Las bañeras exentas miran al agua y la piscina infinita parece caerse dentro del lago. El ritual continúa —el jengibre por la mañana, las infusiones y el baño por la noche— y el día empieza con una taza de cacao caliente que alguien deja en la puerta a la hora pactada.

Casa Palopó – Santiago Suite

En Kinnik, Jorge Peralta —formado con Paco Roncero— cocina al fuego abierto, con parrillas en la mesa y cortes trinchados delante del comensal; el nombre remite a Kinich Ahau, el dios maya del sol, y el chef define cada plato como una carta de amor a Guatemala. La despedida ocurre en 6.8 Palopó, alrededor de la tortilla, con platos que recogen el espíritu de los doce pueblos del lago. Entre una y otra, el spa Saq’ya’.

Aguachile – Kinnik

Las excursiones aquí tienen fondo. Pintando Santa Catarina Palopó nació en 2016 de una idea del periodista Harris Whitbeck y se desarrolló con Olivero en talleres con los vecinos: los diseños salen del huipil — mariposas, venados, maíz, el quetzal— y los colores, del paisaje. Van 749 casas pintadas de unas 850 y el turismo subió 74 %. Los huéspedes pueden sumarse, brocha en mano, a pintar la fachada de una familia.

La segunda se hace en lancha, cruzando a San Juan La Laguna, pueblo tz’utujil de calles en cuesta y murales, donde las cooperativas de mujeres tiñen el algodón con plantas, cortezas y cochinilla. Se prueba miel y chocolate —el cacao fue moneda antes que postre— y se vuelve a almorzar en Kinnik, frente al agua.

San Juan Umbrella Street

Al caer la tarde, en el helipuerto de Casa Palopó, un guía espiritual maya conduce una ceremonia de bendición: fuego, copal, intenciones dichas en voz alta mientras el sol baja detrás del Tolimán. Estuve ahí y puedo decirlo: no hace falta creer en nada para entender lo que ocurre. En Guatemala lo sagrado no se monta para el turista; es una continuidad de cuatro mil años que sigue su curso, con nosotros o sin nosotros, y que por un rato se deja mirar: una experiencia de no perder.

Cómo hacerlo: cuatro noches alcanzan, dos en Antigua y dos en el lago. La temporada seca va de noviembre a abril; Semana Santa en Antigua exige reservar con meses de anticipación. Villa Bokéh, Antigua (villabokeh.com) · Casa Palopó, lago de Atitlán (casapalopo.com). Villa Bokéh forma parte de The Leading Hotels of the World; Casa Palopó es miembro de Relais & Châteaux.

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